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domingo, 29 de mayo de 2022

El pañuelo blanco.

 EL PAÑUELO BLANCO

(MARY ANN GEEBY – 29 – 05 – 2022)

Sonia despertó sola, como cada día. Empapada, igual que siempre. Y, a pesar de saber que en sus sueños se había corrido, seguía sintiéndose muy, pero que muy cachonda.

Recordaba perfectamente al enésimo Arturo con el que había estado la noche anterior. Aquellas manos serían imposibles de olvidar. De hecho, había estado a punto de preguntarle su nombre. Quizá podría haber hecho una excepción y, sólo por una vez, conocer algo de la identidad de éste. Porque pareció que podría haber algo más que sexo. Puede que un paseo, una cerveza o incluso un cine. Pero evidentemente hacéis que comenzar por el nombre. Y eso daba mucho miedo. Demasiado.

A su mente vino la conversación con su amigo Toni, cuando le hablaba de sus follamigos.

—No los llames así, coño. Llámalos amantes, como todo el mundo.

—Que no, Toni. Amante es la persona a la que se ama. Y yo no los amo, sólo los utilizo para el sexo.

—De acuerdo. Entonces ponles un nombre. Pero un nombre propio —propuso su amigo.

—¿Cómo? ¿A todos el mismo? ¿Como para no equivocarme? —quiso saber ella.

—Sí, a todos el mismo. Pero no para no equivocarte, sino para “encasillarlos” —aclaró él.

—Jajaja, no sé si puedo hacer eso. No se me ocurre un nombre —insistió Sonia.

—Arturo —había dicho Toni.

—¿Arturo equivaldrá a follamigo? Me gusta. Los llamaré Arturos.

Así pues, se habían quedado con ese nombre. Y jamás aparecía otro en su cama. De hecho, si alguno insistía en ello, simplemente lo borraba de su lista y jamás volvía por allí.

Sin embargo, esta vez, todo era diferente. ¿Y repetir? No sería la primera vez que lo hiciera: volver a acostarse con un tipo, intentar reproducir alguna -o todas- las sensaciones que le había despertado alguno de sus Arturos. En el pasado, ésta había sido una gran idea y todo seguía su ritmo natural. En varias ocasiones, las repeticiones se produjeron durante varias semanas y ambas partes habían resultado satisfechas por la decisión.

Pero Sonia sabía que en esta ocasión no era posible. Para repetir con un hombre, era indispensable la ausencia de sentimientos. Por ambas partes. De ahí que siempre se mostrara tan fría al terminar. Nada de mimitos, ni caricias. Besos, los justos. De ese modo, la casilla de las emociones siempre estaba protegida. Y por supuesto, siempre amanecía sola. Cachonda, pero sola. Sin embargo, en esta ocasión, él la había acariciado con la excusa del pañuelo blanco. Y a ella se le habían despertado sensaciones que pedían repetir el gesto una y otra vez. Él lo había hecho, sonriendo. Y los gemidos, que parecían de deseo, tenían otra temperatura. No tan ardiente, sino algo cálido, agradable, diferente… Sonia temía esos cambios.

Se levantó al fin, la fuerza de la naturaleza, que nunca perdona. Y acudió al cuarto de baño. Al volver, casi a tientas por no dar la luz, vio el pañuelo blanco. Había dormido a su lado, sobre la otra almohada.

Rompiendo todas sus normas y aprovechando que nadie podía verla, se lo acercó a su nariz y aspiró. ¡Inmenso! Su mente la trasladó a ese momento de la noche en el que él le había permitido tocarlo, al fin. Era tan suave que no puso evitar llevarlo a su cara. Y entonces lo había olido por primera vez. Anteriormente, nunca se había puesto tan cachonda con un aroma. Y es que no olía a perfume o colonia, sino a él. Evidentemente, ésa fue la razón de que se le escapara el primer gemido y, casi sin darse cuenta, había caído en aquella extraña red de sexo y deseo que él había tejido con tan sólo sus manos y su boca.

¡Vaya nochecita! Ya no recordaba cuántas veces se había corrido. Por eso, cuando él se fue, ella decidió que volvería a llamarle. Aunque tenía la esperanza de que se le hubiera pasado por la mañana. Despertar sola, una ducha y volver a la rutina siempre le hacían entrar en razón y sobreponerse a sus deseos más... ¿bajos? Nunca entendió muy bien ese calificativo. Ella lo habría cambiado por "altos", a juzgar por el subidón que le había dado tal concatenación de orgasmos en tan sólo tres o cuatro horas.

Entonces, ¿por qué seguía tan cachonda? Y ¿para qué había olido su pañuelo, en vez de guardarlo o tirarlo, como habría hecho otras veces? Puede que quisiera algo más que recrear ese momento en el que Arturo se lo puso en los ojos, le metió dos dedos en la boca y, dándole la vuelta, invadió su sexo con su miembro duro y caliente. Recordaba cada segundo y el punto exacto en el que volvió a meter un dedo en su boca para después, sentirlo en su ano. Todo sucedió sin pausas, pues ella sólo quería más de eso. Se corrió. Y entonces, se volvió a correr. Se dejó caer sobre las almohadas y el siguió penetrándola, con lo que se corrió de nuevo. Entonces Arturo, lejos de parar, aceleró el ritmo y la hizo correrse una vez más. Totalmente desmadejada, murmuró un improperio, lo cual le hizo volverse loco de deseo y la poseyó como si no hubiera un mañana. No paró hasta correrse él. Y entonces se dejó caer sobre ella.

Estaba claro que esta vez había sido diferente. Más intenso y más... adictivo. Por eso había olido el pañuelo, de nuevo. Entonces vio la nota. Eso sí rompía todas sus reglas, así que fue directamente al cubo del reciclaje. Y Sonia, a la ducha, derechita.

¡Qué estupidez! Si algo tenía de malo -o de bueno- el reciclaje era que no destruía los objetos, así que estaba claro que volvería a por la nota. Bueno, podía ir y romperla, sin leerla. ¿A quién quería engañar? Y ¿qué más daba? Ella no daba cuentas a nadie; beneficios de la soledad. Recuperó el dichoso papelito y lo leyó:

"Sé que llamas Arturo a todos tus follamigos para evitar conexiones de cualquier tipo. Pero yo me llamo así. Quiero volver a follarte. Llámame pronto.

Arturo".

Sonia desayunó y se fue a trabajar. Estaba claro que no podía alejar de su mente una noche tan intensa. Ni de su sexo. Bueno, no era dolor, sino molestia. Una maravillosa molestia que le hacía rememorar los embates de ese hombre, llevándole al orgasmo una y otra vez. Tampoco dejaba de pensar en el mensaje de Arturo. Lo cierto era que ni siquiera quería. Se repetía una y otra vez que tenía unas normas. Y servían para eludir situaciones como ésa. Pero se respondía que no tenía que dar cuentas a nadie: su vida, sus normas. Ella las ponía, ella las podía quitar.

Volvió a casa a primera hora de la tarde y, al abrir el portal, Arturo estaba esperando en la escalera.

-—¿Qué haces aquí, Arturo? —le preguntó, visiblemente enfadada.

—Vengo a buscar mi pañuelo —respondió él sonriendo—. Me lo dejé olvid...

—¡Y una mierda! —le interrumpió Sonia—. Mi vida, mis normas ¿recuerdas? No puedes romperlas, te llames Juan, Pedro o Arturo.

—¡Pero es que me llamo Arturo! —se excusó él.

-—¡Que me da igual, joder! Yo decido cuándo llamarte, no tú —sentenció ella.

Entraron en casa y Sonia fue directa a su cama.

—¡Toma tu maldito pañuelo! —Cogió el pañuelo y se lo tendió—. ¡Y ahora, vete!

Arturo se acercó, lo cogió y, lejos de irse, le acarició con él, pasándolo por la mejilla y la sien y llevándolo hasta su nariz.

En un primer momento, Sonia quiso apartarse, pero cometió un error: lo olió y le miró. Seguía enfadada. Fue a decir algo, pero él atacó su boca, besándola con fuerza.

—Te deseo y quiero follarte.

Hace ya muchos meses que Arturo es el único en la cama de Sonia. Algunas noches, él se queda a dormir, aunque luego vuelve a su casa. Ellos no son una pareja al uso. Tan sólo, salen muy a menudo a pasear, a tomar cervezas o al cine. Y, sobre todo, tienen sexo siempre que les apetece, lo cual sucede casi todos los días. No se piden exclusividad, no lo necesitan. Tienen lo que desean y satisfacen al otro, pues eso les llena a ellos mismos.

lunes, 17 de febrero de 2020

NO SE LLAMA AMOR, de Mary Ann Geeby

¿Y qué más da si no se le llama AMOR?
¿Qué importa si no es posible?
¿Qué pasa si no es admitido, políticamente correcto o socialmente permitido?
Si pienso en ti desde que abro los ojos, cada mañana,
si como, bebo, trabajo y río, queriendo charlar contigo,
si cuento las horas para volver a verte,
si sueño despierta con dormir entre tus brazos.
¿Qué más da el nombre que tenga,
si nos dejan o no nos dejan?
Seguiré sintiendo esto
cada día que despierte.
(Mary Ann Geeby)

sábado, 1 de febrero de 2020

LAS LECCIONES DE LADY MARIAN


1.- Lección número uno, “LAS IDEAS”.

Esta lección viene a decir algo sencillo. Y es que, cuando dejas de vivir algo en el mundo real, si no lo has cerrado correctamente, sigues viviéndolo en el mundo de las ideas. Y claro, ahí la hemos fastidiado. Bueno, mi padre diría “la hemos jodido”, pero creo que “joder” no es una palabra políticamente correcta.


-          “¿Por qué no?”, diría él.

Aunque también tendría otras expresiones, al hilo de la palabra “joder”:

-          “Es justo y necesario”.
-          “¿Dónde es eso que tú dices?”.

Pero no vamos a irnos por las ramas, que nos desviamos del tema: estábamos en el mundo de las ideas.

La teoría de las ideas afirma la existencia de unas entidades inmateriales, absolutas, inmutables, perfectas, universales e independientes del mundo físico. Y ese es el verdadero problema de todo este “tinglao”.


1.       En primer lugar, son inmateriales. De modo que, ¿cómo podríamos incidir sobre ellas, si no es a través del pensamiento? Pero este camino, sólo da acceso a la persona que imaginó, la que ideó, que es la única que puede pensar en la imagen exacta que elaboró. Por tanto, nadie más que la persona pensante tiene acceso a dicha imagen. Y claro, normalmente, esa persona no desea acceder… así que una puerta cerrada.

2.       En segundo lugar, absolutas. Y es lo que tiene el absolutismo: que no hay verdad mayor que la misma idea concebida. Ya puede estar todo lo erróneamente pensada, que lo llevamos “chungo”. Convence a quien ideó semejante perfección de que está equivocado o equivocada. No cederá ante la demostración de que pudo partir de premisas erradas o equívocas. Y todo por la puñetera certeza que le confiere el carácter de absoluta. ¡Vamos, que lo llevamos “chungo”! (¡Te repites, Marian!)

3.       Luego viene lo de inmutables. Si son inmutables, son impasibles, son perpetuas e inamovibles. Ni un tsunami movería una sola neurona del cerebro pensante que parió semejante idea. ¡No hay huevos de cambiarla!
—Pero Marian, ¿y si probamos que las premisas no son sólidas? ¿que las bases tienen poros y no soportan semejante construcción?
Creo que por ahí no hay nada que hacer, porque estamos ante una idea. Por tanto, inmutable. Por tanto, perfecta. Por tanto, seguimos.

4.       ¡Ah, que ahora viene lo de perfectas! Las ideas son algo perfecto, sin mácula, sin fisuras o errores. Imposible encontrar la tara: no la hay.
—¿Seguro que no la hay?
Bueno, igual está escondida, no sé…
Cuando idealizamos a una persona, un lugar, una situación o un momento, no hay nada que pueda estropear la imagen que has creado de él o ella. Y no hay nada ni nadie que lo supere, porque es la perfección. Ante esta clase de ideas, es difícil hacer algo que cree conflicto. Contra ellas, no es posible luchar o ir en su contra, porque son la exquisitez suprema.

5.       Universales. ¿Te das cuenta? 
       U – NI – VER – SA – LES. 
      Ni siquiera somos capaces de entender la inmensidad que abarcan, por aquello de que el universo es infinito. Y si llegan a todo el universo, si deben ser admitidas por “todo bicho viviente”, pues lo tenemos más claro que el agua clara.

6.       Por último, independientes del mundo físico. ¡Las muy “cabronas”! ¿No te jode, que se esconden fuera del mundo físico, para que no las puedas cambiar o vencer? ¡Eso sí que es jugar con ventaja! O quizá más bien, es juego sucio. Sí, seguro que lo es.

En fin, vamos a ir concluyendo.

Si dejas de vivir algo, debes cerrarlo correctamente.
Cierra la puerta.
Da carpetazo.
Por el contrario, lo idealizarás y jamás se terminará.
Ya, ya sé que “cuesta un huevo”, pero negando la evidencia, no conseguirás nada. Debes asumir. Debes aceptar. Verbalizar las cosas.
No sirve el “¡No quiero!”. Si no quieres caldo, te tocará taza y media, así que acepta lo que es evidente y deja de idealizar situaciones que no eran perfectas.

Y ya vale por hoy, que la clase ha terminado.




domingo, 29 de diciembre de 2019

SOLEDAD


A veces me despierto en la noche y soy mucho más consciente de que todo ha cambiado. Y pienso. Y pienso. Y pienso... Y no consigo arreglar nada...
Entonces, ni el agotamiento hace que vuelva la paz. Y te extraño. Son esos momentos en los que la soledad se vuelve cruel y despiadada. Aunque esté rodeada de personas. Soledad y frío, porque tú ya no estás en mi vida. Y no quiero; me rebelo; me desespero.
Luego encuentro algo que me trae de nuevo la serenidad. Pestañeo, respiro, me levanto. Analizo el espacio y el tiempo. Busco, tanteo, toco. Y por fin, avanzo un poco. Me arrastro, gateo, camino al fin.
A veces, consigo encontrarme de nuevo en casa. A salvo.
(Mary Ann Geeby, 2019)

sábado, 16 de noviembre de 2019

Ella (Mary Ann Geeby)


De repente un día conoces a una persona que toca tu piel. La piel de tu alma, la de tus agobios y problemas; la piel de tus risas y de tus deseos; la de las preocupaciones y hasta la de tu agenda.

Sientes que sólo quieres hablarle, aunque no pronuncies palabras. Deseas mirar sus ojos y disfrutar de sus risas. Compartir el sol o los días de tormenta. Ansías mirar sus canas y sus ganas, oír sus silencios y respirar su aliento, el aroma del deseo y la obsesión, ese olor… El momento en el que tu cuerpo toque el suyo, un roce o una caricia, sin querer o con toda la voluntad guardada durante larguísimos días y horas; siglos de deseo contenidos en un par de semanas, que se hacen al fin realidad en una sonrisa o un beso.

El resto de las personas pasan a un segundo plano, porque sólo quieres estar con ella; aquí mismo, a cientos de kilómetros; a veces, en otro huso horario, pero a tu lado (como en la canción).

No puedes ver nada más, nadie más.

No. No lo ves. Nunca lo viste.

Y es que "ella" no es yo. Yo soy "otra ella". Otra ella, que también quería eso contigo. Pero tú ya no estás disponible. Ahora sólo estás para ella.


miércoles, 6 de noviembre de 2019

Y AL FIN LLEGASTE. Mary Ann Geeby


Tanto tiempo esperándote.
No en la estación, de acuerdo. Aquí sólo he estado algo más de un par de horas. SÓLO ESO…
Nerviosa perdida, en cuanto me llamaste, comencé a prepararme. Me puse la ropa nueva y tu perfume favorito. Eso me habías dicho, ¿recuerdas?
“Adoro el agua de rosas. Es mi perfume favorito”.
Pues casi corriendo, llego a la estación. Hoy no me he caído; eso ya es un triunfo, teniendo en cuenta lo nerviosa que estaba. Pero me he obligado a estar muy atenta, no me he puesto tacones y he tenido el mayor de los cuidados.
Entonces recibo tu whatsapp:

Ya hemos pasado Palencia

Me siento en la cafetería y me pido un sándwich. Imposible meter algo más contundente. Los nervios copan mi estómago. Y para beber, un Aquarius de limón.

Vas a comer ya? —te pregunto.
No creo que me entre nada —respondes.
Inténtalo. Ve al vagón restaurante —te propongo.
Tengo un tupper —resuelves.
Y para beber? —No me canso de saber cosas de ti.
Bitter Kas —me sorprendes.

Te desconectas.
Saco mi novela del bolso e intento leer. “…Desde hace un par de semanas, ya no espero nada de nada. Nunca podría haber imaginado que te fueras sin despedirte, sin una palabra o un mensaje. Sólo aquel plantón en El Barco y nada más. Silencio. Bloqueo en las redes y…”
¡Ay que joderse, con la novela de las narices! ¡Vaya tocapelotas (creo que sobra esta ,)  esta autora! ¿Por qué la estoy leyendo? ¡A tomar por saco! Cambio de tercio y mejor voy a hacer un sudoku; el reto de hoy está sin completar.
Dos fallos estúpidos y un cuarto de hora más tarde, dejo el puñetero sudoku. Me pondré con el WoW, pero ¿quién leches puede aguantar ahora la publicidad? ¡Ah, ya sé! Durante los anuncios, vuelvo a abrir la novela.
“…Desde hace un par de semanas, ya no espero nada de nada. Nunca podría haber imaginado que te fueras sin despedirte, sin una…” ¡Joder, yo también parezco masoquista, coño!
Inmediatamente pienso en ti y en lo que me dirías: “¡Esa boca, Ana!”. Sonrío. Tus comentarios siempre me hacen sonreír.
Miro el sándwich y veo que sólo he dado dos bocados. Me obligo a morder otro poco. Me cuesta masticar. Bebo algo de Aquarius. Recuerdo a mi hijo, cuando era pequeño, masticando la manzana. Cara insípida, aburrida, cansada, como la que tengo ahora. Vuelvo a sonreír. Trago.
Miro el reloj. Asombrosamente, es casi la hora.
Recojo mi bolso, guardo el libro y meto el móvil en el bolsillo. Por megafonía anuncian que tu tren está entrando en la estación.

Estoy aquí —recibo tu whatsap.
Lo sé. Te espero al final del andén —te respondo.

De nuevo te desconectas. Muy tú.
La máquina llega justo a mi altura y para. Veo a través de las ventanillas a los pasajeros haciendo fila en el pasillo, con sus maletas en las manos. Quedan pocos aún sentados en sus lugares. ¡Qué ganas de llegar! ¡O qué tontos! Nunca he comprendido la manía que tienen los pasajeros de aviones y trenes por recoger cuanto antes las maletas y hacer fila en los pasillos, para salir ¿los primeros?
Muevo la cabeza, negando… en fin…
Se abren las puertas. Comienzan a bajar viajeros y a venir hacia mí. Como en una riada… ¡Madre mía! Hace un tiempo tenía fobia a las multitudes. Recuerdo que no podía ir a conciertos, mítines o cualquier otro tipo de concentración. Llegué a tener problemas para hacer la compra en fin de semana… Suerte que eso ya pasó también.
Miro el móvil. No hay mensajes. Levanto la mirada y sigue viniendo gente. Me cambio de baldosa, con el fin de que se me vea bien. Vuelvo a mirar el móvil. Abro el whatsapp, pero sigues desconectado. Reviso donde te dije la ropa que llevo puesta: sí, ahí está. Perfectamente detallada la ropa y el color.
Vuelvo a mirar a la gente. Cada vez “el caudal” es menor. Me encanta ver reencontrarse a las personas. Padres y madres que reciben a hijos e hijas; habrán pasado fuera este último trimestre… estudiando… vienen de vacaciones, o de descanso… a pasar el puente… vuelven… Hay maridos que recogen a esposas, o novias que reciben a sus chicos. Personas que esperan a otras, aunque no sabría decir su grado de relación. Puede que sea menor que el nuestro…
Porque la verdad es que es difícil decir qué somos. ¿Qué leches somos tú y yo? Amigos: es lo que dije en casa. “Voy a recoger a un amigo, a la estación”. Pero tú y yo no somos amigos. Somos otra cosa.

Qué somos? —te escribo.
Dímelo tú —respondes.
No tengo ni idea. Creo que podría definirlo, pero no sería capaz de nombrarlo —explico.

Pero ya no lo has leído. Te volviste a desconectar.
Levanto la vista. Ya sólo vienen algunas personas solas… Bueno, allí viene una pareja. Y del vagón número tres ha bajado una mujer con una niña de la mano.
Un hombre maduro que me mira y sonríe. El corazón me da un vuelco. Le sonrío justo un instante antes de que cambie la mirada y se dirija a la salida… No eres tú.
No viene nadie más.
Ah, sí… una chica.
Nadie más.
Un chico. ¡Oh, vaya! Es muy joven. Ni me mira. De hecho, va leyendo su móvil y sonríe.
Comienzan a apagar las luces del tren. Algunos vagones cierran las puertas. Vienen dos ferroviarios. Imagino que son el jefe de estación y el maquinista.
¿De verdad? ¿Puede ser cierto esto?
Me dirijo a ellos.

—Perdonen. Esperaba a una persona, pero no ha bajado del tren —les digo.
—Todos los viajeros han descendido ya, señora. Ese muchacho era el último.

Señalan al chico del móvil.
Pero no puede ser. Faltas tú.
Me doy la vuelta y me dirijo a la salida. Saco el móvil y veo varios mensajes tuyos. No sé por qué no lo he oído sonar…

Inténtalo —decías, sobre el tema de definir esto nuestro.
Estoy aquí, detrás de ti —pone en otro mensaje, varios minutos después.
Te espero en la entrada de la estación.

Este último es de hace un par de minutos.
Ya he salido de la zona de andenes. Paso la cafetería y llego a la puerta. De nuevo hay mucha gente. Comienzo un barrido de casi ciento ochenta grados, inspeccionando a todo el mundo. Cuando ya llevo la mitad te veo. Me miras y sonríes. Y vienes hacia mí.
Yo te miro a los ojos. Al fin voy a tenerte delante y…

—Hola, Ginebra —me dices. Y sujetando suavemente mi barbilla, me besas. Ese dulce y tierno beso del cual habías hablado tanto.

Entonces compruebo que todo valió la pena.




sábado, 2 de marzo de 2019

ESTÚPIDAMENTE, TE EXTRAÑO

No sé qué me has hecho.
Hoy especialmente mi piel añora tu piel. Mi boca extraña la tuya y mis oídos, tus gemidos. Tengo tantas ganas de tocarte que me arden los dedos, ante el tacto que jamás han poseído. Tu aroma llega a mí, cruzando montes y prados, claro y limpio, tremendamente incomprensible, fruto del desconocimiento absoluto.
Irracionalmente te extraño.
Mis caderas se resienten de no haberte cabalgado. Mi cuerpo tiembla y lamenta los orgasmos que te debe. Y mis piernas sienten frío de aún no haberte abrazado.
Te deseo sin medida.
Sin un mínimo entendimiento. Absurdamente te llamo y te busco entre unas sábanas qué jamás te han conocido.
Quiero compartir contigo las coordenadas de mi cuerpo. Ocupar tu mismo espacio, vivir en el mismo tiempo.
Te deseo sin sentido, caprichosa, estúpida... te quiero a mi lado.
Te extraño.

viernes, 14 de septiembre de 2018

PESADILLAS


Una vez fue la noche la que resultó preciosa. Ocupó todo tiempo y lugar, con sueños posibles y alcanzables. Se llenó de imágenes bellas, aromas maravillosos y los más agradables sonidos que pudiera escuchar. Dormí de un tirón: sin interrupciones, ni ronquidos.

Una vez, abrir los ojos me dolió. La luz hacía daño y la visión era triste. Los fantasmas y los monstruos no temían la luz del día y llenaban el mundo de un hedor nauseabundo. La montaña era más alta que ayer y restaba mayor trecho, a pesar de lo escalado. El dolor no era sólo físico y el amor me había abandonado.

Una vez, las palabras de ánimo ofendían. Me escondí de la vida, cerrando los ojos con fuerza y tapando mis oídos con las manos, pero no sirvió de nada. Todo estaba dentro de mí y quería ser vomitado al exterior.

Una vez quise volver a dormir y que fuera para siempre. Dormir y no despertar más. Dormir sin amanecer.

Una vez sentí todo eso y fue esta vez.

ÉSTA.

©Mary Ann Geeby

viernes, 7 de septiembre de 2018

LOCURA, de Mary Ann Geeby


Abro los ojos y tomo conciencia del malestar en el estómago. Necesito acudir al cuarto de baño, pero no puedo. Siento mareos, náuseas, sensación de vacío y vértigo. Tengo que levantarme.
Un fuerte dolor de cabeza me recuerda que anoche bebí demasiado. Sé que no es bueno mezclar alcohol con la medicación, pero total, ¿qué más puede sucederme?
Hago un ejercicio de concentración e intento visualizar el interior de mi estómago. ¡Qué asco, Dios mío! Nunca pensé que sería algo así.
Las paredes están inflamadas y llenas de pequeñas úlceras. Debe ser por causa de los ácidos de los últimos días. O quizá por lo que está creciendo dentro.
Está ahí, en la parte inferior. Las raíces de esta cosa se adhieren a las paredes interiores de mi órgano digestivo, cubriéndolo casi por completo. Y él crece, cual planta, con multitud de tallos gruesos y viscosos.
Ahora comprendo la razón de no tener hambre. Entiendo la terrible halitosis que me acompaña desde hace varios días y el mal sabor que han adquirido los alimentos. Creí que algunas cosas se habían estropeado en mi nevera. Pero no. Soy yo misma, mi sistema digestivo, las papilas gustativas, todo se ha alterado por culpa de este ser.
“Esto” llena la mayor parte de la capacidad de mi estómago. Imagino que, en pocos días, tendrán que sacármelo o invadirá el resto de mi cuerpo. Entre tanto, intento no pensar en ello, pero es imposible. Constantemente me recuerda que está ahí.
Las personas me preguntan qué me pasa. Y yo les digo que son nervios. ¡Nervios! Jajaja… Siempre escuchando la frase de que los nervios invaden el estómago y ahora me ocurre de verdad. Pero no son nervios. Yo sé que no. Esto no tiene nada que ver con el sistema nervioso. Aunque la imbécil aquella dijera un día que “estoy de los nervios”. En realidad, creo que “estoy del alma”
¿Y la cabeza? ¡Este maldito dolor que no se pasa con analgésicos! Sé que mi estómago y mi cerebro se han conectado directamente, de algún modo que desconozco.
Sé que todo tiene que ver con “ello”, pero no comprendo cómo. Para crecer, se alimenta de mí, pero más de mi mente que de mi cuerpo. Es como los de aquella película, que robaban la vida desde fuera, absorbiendo su ser. A mí me está chupando la mía desde dentro, desde el interior de mi cuerpo. Desde el estómago, pues es donde se sienten las cosas. Desde el cerebro, pues es donde habita mi alma.
“Pronto estaré bien”, me repito una y otra vez, como un mantra. Pero no me lo creo. Estoy en esos días en los que todo es increíble e impensable. Debo repetirlo, a veces en voz alta. Tengo la obligación de hacérmelo creer, aunque sea tarea imposible.
¡Vamos, repítelo! ¡Más alto, venga! ¡Una y otra vez! ¡Pronto estaré bien!
Pero no funciona.
Esto es HOY. Es AHORA. Y hoy y ahora, sigo queriendo escapar, salir de aquí y no volver más.
Me quiero ir.
©Mary Ann Geeby

martes, 28 de agosto de 2018

SOLOS DÍAS, de Mary Ann Geeby


Te despiertas perdida, en un extraño paso entre la vela y la realidad. Deseas volver atrás, donde los sueños son sinónimo de felicidad, pero sabes que no es posible y sientes el dolor que abraza tu cuerpo, las caricias de la soledad, los besos del frío.

Tus brazos tiemblan, recordándote una vez más los abrazos que no recibiste. Tus labios helados recuerdan un beso febril y se resecan al paso de los días, añorando un deseo irrefrenable. Lo recuerdan. Y se resisten a creer lo evidente: que jamás volverá lo que dejaste atrás.

Y las lágrimas, esas que sí son, resbalan sin prisa por tus mejillas. Ellas, a las que nadie dio permiso, descienden por el camino de sobra conocido, en un daño que ya es muy viejo. Porque se erigieron en dueñas de tu dolor, de tu desamor y tu condena. Porque ellas ganaron la batalla, en una lucha cruenta contra tu voluntad por mantenerlas prisioneras. Y ahora proceden victoriosas, restregándote una y mil veces que no tienes quien te abrace.

Y entre puntada y puntada, arreglas el tanga de encaje, mientras anhelas la pasión que no lo rompió. Sueñas y te desesperas con los besos que no recibiste y las caricias que no te dieron. Piensas en el amor que no recibes y, en un arranque de ordinariez, en los polvos que no te echaron.

Y te levantas y sigues viviendo.



©Mary Ann Geeby 

domingo, 8 de julio de 2018

DOLOR


A veces me pregunto hasta dónde eres capaz de aguantar. Y sé que la capacidad de sufrimiento de un humano, es inconmensurable. Pero aún así, siempre creo que no podrás más. También pienso “¿por qué?”, pero jamás hallo respuesta.
A mí me consuela mi fe, aunque no siempre. Lo que nunca hago es culpar a mi Dios, como tú lo llamas, de las desgracias humanas. Creo, aunque no siempre lo comprendo, que la causa y no siempre la culpa, está en los malditos humanos, en nuestra obsesión por jugar a ser dioses. Y que conste que no lo digo por ti, sino por toda la humanidad.
Porque nos saltamos a la torera las normas. No sólo los mandamientos de la ley de Dios, dictados por humanos; o los de la Santa Madre Iglesia, y la madre que los parió. Perdón, es que con ésta sí que me traigo una guerra singular. No obstante y pese a todo, estoy aprendiendo una vez más, a pillar lo que me vale y desechar lo demás. Pero, sobre todo, y más que nunca, estoy aprendiendo a ser fiel. Fiel a mí, por supuesto, y fiel a mi gente y a mi Dios. Porque la fidelidad no versa sólo en la monogamia; ni siquiera en el hecho de tener sexo con tu pareja. La fidelidad se trata de analizar seria y profundamente tus ideas, estudiar las acciones que debes hacer con tu vida, y ser coherente con ellas.
Y con esto, no me refiero a hacer lo que se te ponga en la punta de la pepitilla, como diría mi hija. Sino en lo que objetivamente es mejor para ti mismo, pero también para los que te rodean. Y para saber esto, es necesario pensar mucho: mucho, mucho, muchísimo. Escuchar a Pepito Grillo y actuar en consecuencia. Aunque duela, aunque joda. Uno siempre debe hacer lo que tiene que hacer, y no lo que desea hacer. Analizar mucho si, lo que ha hecho, lo ha hecho por amor, por hacer el bien: y no vale por “amarse”, “por hacerse el bien”. Aquí es primordial pensar en la repercusión que tendrán tus actos en los demás. Después, muy importante, no amargarse con las consecuencias. Porque, si has hecho el bien, si has dado lo mejor de ti mismo, si todo lo que has hecho buscaba la felicidad tuya o de las demás personas, ya has amado. Y la felicidad no se encontraba en el final, sino en el proceso; no estaba en la meta, más bien en el camino.
Y respecto a los males colaterales, los efectos secundarios adversos y tal, pues también son analizables. Porque no siempre llueve a gusto de todos (y menos en mi tierra). Y puede que casi siempre haya alguien que sufra con tus decisiones. Pero también es posible que la causa esté en su propio proceso personal, y no en el tuyo. Quizá tú no puedas impedir su sufrimiento; o quizá no quieras, porque esto traería dolor a tu vida. Por supuesto, hay miles de variaciones, combinaciones y permutaciones. Pero uno no es exacto, como las matemáticas o la física; uno es humano, y bastante desgracia tiene. La elección es tuya y sólo tuya.
Y, aun así, encontrarás cosas inexplicables, como la muerte. Imposible de comprender para nuestra pobre mente mortal, en cuerpos que ansían ser divinos; de ahí que no haya otra opción que la de culpar a Dios de ellas. Es fácil decir que él permite, que deja que ocurra, o que, si fuera justo y bueno, tal o cual y bla, bla, bla…, no consentiría que estas cosas pasaran. Y esto es una vez más, porque tratamos de explicar a Dios con la lógica humana.
La muerte es parte de la vida: la última parte, ¡cierto!, pero una parte, al fin y al cabo. Y duele, ¡vaya que si duele! Duele un huevo y parte del otro. Duele mucho porque tendemos a pensar que esta vida es la única que hay, de modo que, si se acaba, pues es el fin de TODO. Es penoso porque nos cuesta comprender la posibilidad de que haya otra vida después de esta; o quizá muchas vidas más. Y que es necesario que termine ésta para comenzar la siguiente… Es un asco porque nos atamos a lo que conocemos y culpamos a lo que no entendemos. Y, aun así, nunca termina el sufrimiento. Es una puta mierda, sin más.
Lo cierto es que no son estos momentos los más idóneos para pensar en todo esto. Quizá debamos dedicarnos otros ratos para reflexionar, meditar o analizar nuestra vida. No encontraremos la causa, la razón o la consecuencia, cuando el dolor es tan grande que no nos deja salir de él, que no nos permite ver.
Sólo un abrazo amigo calma, que no cura.
Te mando mi abrazo, mi amigo. Te quiero.

© Mary Ann Geeby

miércoles, 4 de julio de 2018

HONESTIDAD


Recientemente fui testigo del uso de esta palabra en nombre de, como debe ser, la sinceridad, el honor incluso, la verdad.
Lástima que la frase definió una vez más a la persona. En nombre de la honestidad, pronunció una serie de frases hechas, un número de chorradas y razones absurdas para no hacer algo y “donde dije digo, digo Diego”.
También comprobé cómo mi amiga no dijo “TE LO DIJE”, pues todo era tan evidente… Bueno, evidente para todos, pero no para mí, que creo en las personas, tengo fe en los proyectos y en las promesas. Por eso me las suelen dar todas en un papo.
De todos modos, hay una parte buena en esto y es que “Ya no somos tan jóvenes”. Y como dice mi madre, “el diablo sabe más por viejo que por diablo”. Yo es que soy un poco “diablilla”.
© Mary Ann Geeby

sábado, 23 de junio de 2018

EMPEZÓ EL VIENTO, de Mary Ann Geeby.

No me apetecía salir de casa, pero no tenía más remedio. Había que comprar algo para cenar y se me echaba el tiempo encima.
Como el calor era sofocante, decidí ponerme el vestido de punto. Tenía dudas. Demasiado corto y mis piernas, demasiado blancas. Pero el calor mandaba. Corría una leve brisa, de modo que esperaba disfrutar de la sensación.
Al vestirme, estuve tentada de no ponerme ropa interior. Pensar en la impresión del aire en mi entrepierna me hizo humedecerme. Pero no tuve valor.
Luis tenía razón: era una cobardica. Él fue el que dijo:
—Esa falda es demasiado larga.
Y claro, Ángel se molestó y respondió:
—Tu lengua sí que es demasiado larga.
Ambos habían remarcado la palabrita, haciendo hincapié en la cantidad. Recuerdo que aquella conversación fue un pelín tensa. En fin… Ahora todo eso me da igual.
En primer lugar, porque no me pongo faldas cortas para que me diga algo Luis. Ni nadie. Me gusta lo que pienso cuando me miro al espejo. Supongo que eso significa que me las pongo por mí. Para mí. Sólo con el fin de gustarme. En segundo lugar, porque Ángel pasó a la historia. Pasé página.
Bajé a la calle y, al salir del portal. ¡Hummm! Cerré los ojos, para concentrarme en la primera ráfaga de aire que me acarició.
Sonreí. Las caricias del aire siempre me hacen sonreír.
Es curioso que, en invierno, no me guste nada el aire del viento. Claro que yo odio el frío. Pero adoro el verano, la sensación de calor en mi cuerpo. Y desde luego, me enamoran las caricias de aire fresco sobre mi piel caliente.
Comencé a caminar y miré mis piernas. Sí, me gustaba lo que sentía.
La falda comenzó a hacer ondas, lo cual me produjo un mayor placer. Ahora eran dos elementos acariciándome. De nuevo, la sonrisa en mi cara.
Llegué al súper demasiado pronto, así que hice las compras muy rápido. Estaba deseando volver a salir de allí. No era por la temperatura: estaba fresquito, pero no corría aire. No había caricias.
Antes de salir, me dirigí al servicio. No lo dudé ni un momento.
Me quité la braguita y la metí al bolso. Recogí de nuevo la compra y salí.
¡Wawwww! ¡La sensación fue increíble!
Mi sonrisa también era inmensa.
Caminaba despacio, queriendo alargar el trayecto todo lo posible. Me concentraba en cada paso que daba, para poder disfrutar de cada sensación de cosquillas, de cada roce del vestido en mis muslos.
Me acerqué al cruce que había frente a la urbanización. No me había fijado en el hombre que estaba en el paso de cebra. Cuando llegué me coloqué frente al muñequito, esperando verlo verde.
—Hola, Marian —me saludó.
¡Joder! La sonrisa de Luis era capaz de transportar verdaderas corrientes eléctricas por mi cuerpo. Su mirada me recorrió por completo y se paró en mis piernas.
—¡Demasiado larga! —recordó, riendo.
Yo también reí.
—¿Dónde vas? —preguntó.
—Vengo —aclaré—. Fui a coger algo de cena, antes de que cerrasen el súper. ¿Y tú?
—También vengo. De trabajar —me aclaró—. ¿Te hace una cerveza en el Vikingo? —propuso.
La tentación era demasiado grande. Pero tenía que ir a dejar las bolsas. ¡Y a ponerme bragas!
—Sí, pero voy a dejar las bolsas en casa, ¿vale? —propuse.
—No, mejor nos la tomamos según vamos. Si te metes ahora en casa, seguro que te cambias de ropa. —De nuevo su mirada se centró en la parte inferior de mi falda. Había deseo en ella—. Y yo… yo quiero mirarte las piernas.
Me encantaba el descaro de Luis.
—No es por el vestido. Es que… —¡Pero no podía decirle que no llevaba bragas!—. No, nada. Déjalo. Vamos.
Decidí que no tenía importancia. Al llegar al Vikingo, iría al servicio y me las pondría de nuevo. Sí, eso haría.
Por el camino, hablamos de banalidades. Mucho trabajo estos días, a ver llegan pronto las vacaciones, qué cerveza es tu preferida…
La terraza estaba casi vacía, pues la gente prefería el fresquito del aire acondicionado. No estaba segura de querer sentarme en aquellas sillas de barra, tan altas, que podrían dejar a la vista demasiados secretos personales. Por otra parte, renunciar al deseo que me producía era demasiado sacrificio.
—¿Podemos quedarnos en la calle, Luis? Me gusta notar el aire en…
—…tu entrepierna? —preguntó él.
Me dejó sin palabras. Nos sentamos.
—No. Quería decir en las piernas —mentí.
—¡Oh, vaya! Por un momento imaginé que no llevabas ropa interior —me provocó—. Pero tú serías demasiado cobarde, para hacer algo así.
—Claro. Soy demasiado cobarde —volví a falsear la realidad.
De repente, Luis se levantó. Colocó su mano en mi rodilla, acariciándola y preguntó con voz grave:
—¿Alhambra? Con este calor entrará genial, ¿no crees?
Me quedé como tonta, mirando su mano subir apenas un par de centímetros a lo largo de muslo. Justo cuando se introdujo por dentro de mi falda, frené con mi mano la suya y respondí:
—Sí, Alhambra. Muy fría, por favor.
Luis sonrió y se acercó a pedir, pero Toñín ya salía a preguntarnos.
—Dos Alhambras heladas, por favor —pidió Luis—. Tenemos que combatir estos calores que nos atacan —añadió, con mucha sorna.
—Enseguida, Luis. Hola Marian. —Y volvió al interior, a prepararlo.
—¿Por dónde íbamos? —me preguntó de nuevo mi amigo, fijando su vista en mi pierna una vez más.
—Un poco más arriba de la rodilla —respondí con toda la doble intención de la que fui capaz.
Luis se acercó mucho. Hasta casi tocarme con su cuerpo. Su boca, muy cerca de la mía. Y su mano volvió a mi muslo.
—¿Seguimos? ¿O no es buen momento? —preguntó, con voz muy grave.
—No… no es… un buen lugar —balbuceé luchando por sostener su mirada.
Nuestras bocas distaban apenas dos centímetros. Podía notar su aliento golpeándome en los labios. En ese instante, él estaba convencido de que yo caería en sus redes, en su beso… Mi entrepierna también lo creía.
Toñín salió en ese instante con las cervezas, patatas fritas, aceitunas y unos frutos secos. Me encantaba ir al Vikingo, pues siempre acompañaban las cervezas con tapas ricas.
—Aquí tenéis, pareja —nos dijo. Volvió al interior.
De sobra sabía él que Luis y yo no éramos pareja. Pero el capullo de mi amigo no se había separado ni un centímetro al llegar el camarero, provocando su comentario y los de los días sucesivos, supuse.
De nuevo miré a Luis. Apartándole con suavidad, cogí la Alhambra y bebí a morro. Me encanta beber directamente de la botella. Es como besar una boca fresca y dura, pero llena de sabor. Como si el verano me diera un morreo.
Él se retiró despacio, sonriendo una vez más. ¡Dios! Cuando ese hombre sonreía, todo el mundo se paraba unos instantes. Debería estar prohibido y multado provocar aquellas sensaciones en mí. Siempre se me ocurren varios castigos que pondría, como penitencia. ¡Bufffff…!
Bebió también.
Durante un buen rato, la conversación versó de nuevo sobre temas menos calientes, pero agradables y hasta sugerentes: la cerveza, los frutos secos y el calor. Ambos nos pusimos al día de los viajes que deseábamos hacer, los lugares que queríamos visitar y las ganas que teníamos de vacaciones.
Había pasado poco más de media hora, cuando Luis me dijo:
—Perdona, tengo que hacer una llamada.
—Nos vamos ya, si quieres —comenté.
—No quiero —me interrumpió. Pero al momento corrigió la brusquedad de sus palabras, explicándose—: Quiero decir que no es eso lo que pretendo. Perdona. No tardo nada.
Marcó.
—Sí. ¿Mamá? Perdona, no me esperes a cenar. Me ha surgido algo. Yo también te quiero. —Iba a colgar. Pero continuó— ¿Eh? Sí, sí. Mañana sí que voy. Un beso.
A pesar de no haberle mirado, mientras hablaba, por discreción, era evidente que había escuchado todo lo que habló. Me sorprendió, la verdad.
—Tenía que llamarla. Si no, se preocupa —se explicó—. Ceno todos los días en su casa.
—No tienes que darme explicaciones, Luis —respondí.
—Quiero hacerlo. —Y volvió la sonrisa—¿Me invitas a cenar?
—Jajajaja… No sé… —hice como si dudara—. ¿Cómo sabes que no tengo algún compromiso? —pregunté.
—Te he fisgado las bolsas —respondió—. Pizza, vino, patatas fritas, paté, embutido…
—¿Eh? ¿Qué…? ¿Cuándo me has mirado las bolsas? —le interrogué.
—Mientras cerrabas el bolso, para que no te viera eso que llevas —explicó—. Debe ser un gran tesoro, porque lo guardas con mucho celo.
¡No me lo podía creer!
Cuando llegamos a la cervecería, había comprobado que llevaba el bolso abierto. En mi afán por cerrarlo para que no se me viera la braguita, había estado a punto de romper el cierre y aquello me llevó un tiempo de recolocación, impidiendo que se viera lo que había en el interior.
Pero ¿sería cotilla, el tío?
El caso es que me apetecía mucho invitarle a cenar… Bueno, a cenar y a todo lo que se terciara. No tardé mucho en responder, pero le propuse un juego.
—Bien, acepto. Te invitaré a cenar si aciertas qué es.
—¿Qué es? ¿Qué es lo que vas a preparar de cena? —preguntó, extrañado.
—No —respondí con rotundidad—. Qué es lo que llevo en el bolso, tan celosamente guardado.
—Jajaja… Pero eso es imposible —protestó él —. Al menos, dame una pista, por favor.
Me lo pensé un poco, pero estaba claro que yo también anhelaba que él viniera a casa. Lo deseaba tanto o más que él. Así que se la di:
—De acuerdo: como soy una cobarde —recalqué—, no me atreví a salir sin ellas de casa. Pero al llegar al súper, fui al baño y me las quité. Las llevo en el bolso.
—¡No! —exclamó incrédulo, posando la botella vacía que acababa de apurar.
—Sí —afirmé segura. Yo también terminé la mía.
De nuevo se acercó, pasó un brazo por mi espalda y acercó su boca a la mía, preguntando:
—¿Quieres decir que, si digo que llevas las braguitas en el bolso, me invitarás a cenar… y a algo más? —adivinó.
—Eso mismo quiero decir —respondí.
Su mano volvió a introducirse bajo bajo mi falda. Acercó sus labios a los míos y me besó.
—Encantado de encontrar el momento y el lugar —remarcó.
Nos levantamos y nos dirigimos a mi casa. En cuanto entramos en el ascensor, Luis pudo comprobar que, efectivamente, no llevaba ropa interior. Una vez que hubo captado la humedad provocada, todo se desencadenó deprisa.
Mucho más tarde cenamos al fin. De eso también estábamos hambrientos.

domingo, 3 de junio de 2018

LA CITA, de Mary Ann Geeby


El mensaje había sido claro y dejaba abiertas muchas posibilidades.
“Quedamos a las 8. Hoy preparas tú la cita. Besos.”
Tenía muy claro que deseaba tener a Lucía entre sus brazos, y el cuerpo le pedía responder:
“De acuerdo. En mi casa a las 8. Te haré tocar las estrellas”.
Sin embargo, algo le dijo que debía dejar las cosas al azar. O a la imaginación de ambos. De modo que respondió:
“De acuerdo. A las 8 donde la última vez”.
Cuando Lucía aparcó, Carlos ya estaba esperando. Ella se acercó sonriendo, como siempre, y él se perdió en su blusa transparente.
“¡Dios, los pezones de esta mujer pueden retar a los pitones de cualquier vitorino!”, pensó sin poder apartar los ojos de la magnífica delantera de Lucía.
La mujer se aproximó a su amigo con intenciones claras de besarlo, a modo de saludo. Y Carlos correspondió a su beso, a la vez que acariciaba su pecho, regodeándose en ese inmenso pezón.
—No te andas por las ramas, ¿eh? —preguntó ella, poco sorprendida de la caricia.
—Por eso te gusto —respondió él, mordiéndole el labio inferior—. Te encanta que sea así de directo.
—Sí —apostilló su amiga. Aunque no era necesario—. ¿Dónde vamos?
Carlos sonrió.
—A mi casa.
Lucía le dio la mano y comenzaron a caminar.
—¿Qué? ¿No estabas segura de que echaríamos un polvo? —quiso saber él.
—Bueno, puede que lo esperara. Pero las posibilidades eran variadas, ¿no?
—¿Variadas? ¿Qué sospechabas?
—Hummmmmm… Merienda, paseo… Quizá cine, o polvo. Jajaja… Puede que charla o partida de cartas… Yo qué sé.
—Pero contemplabas la posibilidad del polvo. En primer lugar.
—Yo no te la he puesto en primer lugar. Como te digo, barajaba varias probabilidades.
—Estás mintiendo. Si hubieras pensado que íbamos a merendar o al cine, no te habrías puesto esa blusa que no deja nada a mi imaginación. —Lucía rio. Estaba claro que la provocación había sido un pleno al quince—. Bueno sí… Me imagino arrancándotela… tirándote en mi cama y follándote hasta que grites… Me imagino comiéndote el coño y bebiéndome todo lo que me regales. Pienso que ya estás empapada y que has venido buscando unas horas de sexo desenfrenado. Y yo te las voy a proporcionar. Que no te quepa duda de ello.
Ella se paró y se le encaró. Su gesto era serio. Por un momento, Carlos sospechó que se había pasado. En realidad, no era la primera vez que le hablaba de ese modo, pero nunca lo había hecho en plena calle.
—Te diré algo, Carlos. Espero que me hagas todo eso que estás prometiendo. Espero que me comas el coño, que me folles hasta que te pida que pares, y también que me hagas correrme muchas veces. Y lo espero porque ya llevo las bragas empapadas. Y sería una verdadera lástima ponerse a charlar o ver una película con esta humedad.
Carlos le atrapó la boca y la devoró. Volvió a coger su pecho, llenando la palma de su mano. El pezón de Lucía se colaba entre las líneas de sus dedos, y él la movió como si fuera un coito perfecto.
El beso cesó de repente. Agarró a Lucía de la mano y se encaminó al portal.
—¡Vamos, joder!
Por supuesto, todo empezó en el ascensor; o, mejor dicho, siguió. Porque tenía que reconocer que habían comenzado en plena calle.
Los ojales de la blusa eran anchos, con lo que pudo abrírsela de un tirón sin necesidad de arrancar las botones. No le gustaba en absoluto la imagen de la blusa rota o botones perdidos. Le gustó notar que, mientras él le quitaba la camisa, ella se abría el pantalón.
Llegaron al octavo piso y ya la tenía medio desnuda. Fue una suerte que no hubiera nadie en el rellano de la escalera. Aunque en realidad, le importaba un pimiento que alguien le viera.
Carlos tenía treinta años y era independiente. Y no era la primera mujer mayor con la que salía. Aunque Lucía pudiera parecer su madre, él estaba por encima de todo eso, pues follar con ella era uno de los mayores placeres de los que disfrutaba últimamente.
Al entrar en casa, tiró la camisa al suelo y le bajó el pantalón. Lucía se lo sacó por los pies, al tiempo que se descalzaba.
Apoyándola contra la pared, le metió los dedos hasta donde fue capaz. Ella gimió de placer. Acercó su boca al pecho de su amiga y le mordió.
—¡SÍ! —volvió a gritar la mujer.
Levantó la cabeza y se encaró a ella.
—Dime que lo esperabas. Dime que era la primera de tus posibilidades para esta cita. Confiésalo.
Y mientras estrujaba su pecho y taladraba su sexo, la mordió. Clavó sus dientes encima de la clavícula, atrapando el fino músculo y apretó lo justo.
—Lo esperaba. Lo deseaba. Me moría de ganas de que me trajeras a tu casa y folláramos como animales —confesó ella—. ¡Sigue taladrándome así, porque me corro!
Y se derramó sobre la mano de él. Todos sus fluidos comenzaron a descender por entre las piernas y cayeron al piso, salpicando el pantalón de Carlos y formando un auténtico charco.
Él sonrió, mientras la sujetaba para que no se cayera. Esperó unos segundos a que se recuperara y comentó:
—Ahora la merienda. Ven; vamos a devorarnos.
Se dirigieron a la habitación. Hay cosas que resultan más cómodas en una cama.

©Mary Ann Geeby


domingo, 20 de mayo de 2018

MICROCUENTO ERÓTICO 1, de Mary Ann Geeby



Él alargó su mano para recoger la última aceituna del plato, en el momento exacto en el que yo lo hice. De modo que cogió… mi dedo índice. Lejos de apartarme, disfruté de su agarre y cerré los ojos.
—Perdón —se disculpó—. Nada más lejos de mi intención que atrapar tu dedo.
Al abrir de nuevo los ojos, me perdí en los suyos, que me sonreían sin pudor. Y entonces, renuncié a la aceituna, llevándola directamente a su boca. Sus labios atraparon el fruto y también mis dedos. Entonces supe lo que aquella lengua haría en el mismísimo centro de mi sexo, ya tan húmedo y entregado a él.
—Toda tuya —le dije.
—Lo sé —respondió.

MICROCUENTO ERÓTICO 1 aparece en UNA FANTASÍA Y TRECE DESEOS. Lo puedes encontrar en amazon o comprarlo en papel enviándome un mensaje.

lunes, 14 de mayo de 2018

DESEO 2, de Mary Ann Geeby


Y de nuevo tengo el premio de la misma imagen. No, la misma no. Hoy brilla.
Cierto que es fantástico verlo brillar. Y, sin embargo, me privaste de su superficie mate. ¡Me hacía imaginar tantas cosas! Habría querido sentir mi lengua, experta en dar brillo a cualquier zona, llenando de saliva la corona, recorriéndola por completo. No entendiste que, a mí, me gustaba más así. Que en absoluto era malo, ni negativo, ni feo. Estar seco provocaba otros muchos más deseos…
Y hoy, a pesar de la prisa, no lo quisiste evitar: hiciste que tu ojo derramara una lágrima. Así pues, al fin brilló, vaya que sí. Brilló y llenó de nuevo la ventana. Era el centro de todo, el punto de fuga de mi mirada.
Pero ¡ay! le privaste de mí.
De haber podido agarrarlo. Le privaste de ser sujetado por mis pequeñas manos, expertas en abarcar. Habría querido sentir cómo crecía, saber cuánto me buscaba. Le privaste de mí.
Le impediste acceder a mi boca, versada en humedades. No pudo sentir el calor, el tacto de mi lengua, la dureza de mis labios. Le privaste de mí.
No pudo sentir mi cuerpo, que sabe cómo hacer vibrar, disfrutar, brillar. No permitiste que fuera yo, quien le hiciera brillar. Le privaste de mí.
No. Tú fuiste autónomo y no quisiste.
“Almendras”, dijiste.

domingo, 13 de mayo de 2018

DESEO, de Mary Ann Geeby


Abro la ventana y lo veo. Primerísimo plano que me obliga a fijarme en cada detalle.
Me mira con su enorme ojo, tan fijo, retándome a hacer algo. Aunque sólo pueda observar, comienzo a desear al instante. Toda la superficie se halla seca, lo cual me sorprende. Acostumbrada a verlo húmedo y brillante, me resulta extraño comprobar su belleza mate. Deleitarme en cada arruga de la piel, en cada surco y poro.
Las arrugas de la corona muestran que no estaba en su momento de máximo tamaño, pero esto sólo me hace desear paladearlo. Uno de los mayores placeres del mundo es notar cómo crece al contacto de mi lengua. Poder masticarlo sin presión, sin dolor, sólo deseo.
Muy provocativa la imagen, en primerísimo plano. Apenas queda espacio alrededor, aunque vagamente se puede observar una zona oscura al fondo y un cordón blanco, que pide ser desatado. Y mis dedos queriendo enredarse entre el vello que se encuentra en la base. Deseando acariciar y agarrar.
Y entonces siento en la palma su ausencia. Necesidad de sujetarla firmemente, de llenar mi mano con ella. Pero es sólo una imagen. Y las imágenes, no se pueden apresar.

domingo, 6 de mayo de 2018

SOLA (Mary Ann Geeby)


La angustia y la pena estaban matándola. Se sentía triste, ridícula y hasta miserable. Nunca la soledad había mordido tan fuerte.
Cogió el teléfono y llamó a Ángel:
—¿Qué ocurre, cielo? ¿Qué te pasa? —respondió él, preocupado.
—No ha venido. Estoy sola —explicó ella.
—¿Y qué? —quiso saber su amigo.
—Recuérdame qué coño hago aquí, Ángel.
No pudo aguantar más y rompió a llorar. Ángel respetó unos segundos de silencio. Ella los necesitaba.
—Cariño, ¿sabes qué es lo que haces ahí? Estás exactamente donde querías estar. Deseabas ir y has acudido.
—Pero él no ha venido y…
—¿Y qué? Tú estás donde has elegido. Tu felicidad no depende de las decisiones de los demás, sino de las tuyas propias.
—Pero es que… —No sabía qué decir.
—¿Sí?
—Estoy sola…
—…porque deseabas estar sola, ¿no? Es lo que querías —interrumpió su amigo—. Además, recuerda: “No estás sola, estás contigo”.
—“Estoy conmigo” —Mayte repitió las últimas palabras de su amigo, que eran suyas propias.

—¡Mira, haz algo! —propuso él—. ¿Tienes cerca un escaparate? ¿Algo en lo que puedas mirarte?
—Sí. Hay un espejo aquí, detrás de la barra —aclaró ella.
—Mírate. —Ella le hizo caso—. Colócate el pelo. Quítate las lágrimas —siguió dirigiendo Ángel—. Sonríete. —Mayte sonrió a su propia imagen—. Y ahora, pídete una cerveza.
—¡Una Alhambra, por favor! —pidió ella, sonriendo.
—Y brinda por ti. Por estar haciendo lo que deseabas hacer. Te quiero, niña. —Ángel colgó.
Mayte se miró en el espejo y dio un trago a la cerveza. A morro, como le gustaba.
—¡Por ti, niña! Por estar exactamente donde querías.
La tristeza se había ido. Y la soledad. Porque no estaba sola. Ya no.

©Mary Ann Geeby