¿Sabes esa sensación de bienestar que da el frotarse contra
la sábana? La mano descendiendo muy despacio por el cuerpo, desde el pecho a la
entrepierna; casi, casi, con el único propósito de ser consciente de la propia
piel. Cerrar los ojos, si quieres, gemir suavemente y, por supuesto, elevar levemente
la comisura de tus labios, en un amago de sonrisa placentera.
Miras al otro lado de la cama y dejas que tu mirada se
detenga en el hueco vacío que dejó tu amante ansioso de anoche. Esas manos torpes
que, lejos de acariciar, se dedicaban a amasar tu cuerpo con rudeza, dejando un
reguero de rojeces que aún puedes apreciar en tu piel tan blanquecina, “paliducha”
dijo... Sonríes de nuevo, pero esta vez se escapa una leve carcajada.
A menudo, él se cree que tiene el poder, porque muestra
fuerza y un deseo que nunca parece agotarse. Te posee con rudeza, esperando
algún gesto de temor en tu cara. Pero sólo encuentra una sonrisa; serena,
satisfecha… quizá incluso maliciosa. Y es que aún no entiende quién es la que
manda.
Debes levantarte y tendrás que aplicarte una loción calmante, para ocultar las marcas de una noche intensa. Y maquillaje especial, incapaz de ocultar la felicidad que delata tu eterna sonrisa.

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